lunes 11 de mayo de 2009

Las sabrosas memorias


Detrás de los trabajadores, en lacónica estancia, iba al recuento de los árboles caídos.
Antes, en el que fue el patio de la casa, introducidos y erguidos en la tierra yacían los troncos que habrían de constituir los pilares de uno de los sueños de mi padre: un restaurante y un bar.
Salimos de la casa. Éramos 10, entre peones jóvenes y un par de hombres maduros; cruzamos la huerta ennoblecida por el olor de las hojas del cedrón, el lustre de los frutos verdes que allí se cultivan y crecen al lado de una acequia cuya oscura profundidad refleja la tiesa superficie de los cielos. Los hombres tramaban bromas y las contaban en quechua. La risa saltaba de boca en boca, semejante al revoloteo de esos pequeños insectos alrededor de la piel y de los ojos. La huerta es grande y en su frontera -un muro hecho de piedras- crecen, por pares, numerosos hongos de color macilento así como negras y oscuras hierbas aún incognoscibles. Allende al muro de la huerta, está un camino estrecho que cruza los sembríos de maíz y comunica, metros más allá, con el bosque de eucaliptos.
Como si no se tratara de las 4 de la tarde, un sol tórrido de medio día rebrillaba en todas las hojas y los espacios, tan quemante y encandilado, que nos obligaba a buscar descanso en la sombra de un alto eucalipto. Si se los compara con las especies que abundan en la selva, estos no son árboles de magnífica dimensión. Son pequeños y delgados la mayoría; escasos los que han desarrollado un grueso tronco. Además, por obra la geografía de los Andes, su crecimiento correr el albur de ser un capricho: unos están derechos, otros yacen cruzados con los arbustos y las espinas forjando una sombra casi intemporal; los más vegetan en las pendientes. A todas, sin embargo, las mese el viento.
Ya arriba, ya presente entre los árboles, me envolvió el tufo del alcanfor, y mi cabeza fue la víctima de una “híbrida” película hecha con partes de lo pretérito y del presente. La memoria, esa máquina inversa me introdujo en una extraña situación donde tenía que improvisar la comprensión de lo que hasta ahora me resultaba extraño. Sentado, miraba el pueblo, extrañamente parecido, en esa hora de brillos, sombras y reverberaciones, a un pequeño feudo medieval, cuyas casas de adobe, pálidas y gises, eran la base para los erizados techos cubiertos de anaranjadas tejas. Esta mezcla colorea un confuso entorno de abismos, chacras, pendientes, montañas, galerías de sembríos, músicas y gentes entregadas desde antaño al pastoreo de ganado y al cultivo de tubérculos; y que ahora han añadido el metálico comercio de distancias, viajes y productos embasados.
Los minutos acudían entre el devastador sonido de la motosierra, la madera arremolinada y desgajada, con la estruendosa caída de los troncos y el silencio viviente de estos contornos, tan continuado y acompasado como el rumor que el hombre siente cuando no oye voces semejantes a las suyas. Raudo cayó el primer árbol hacia el sur. Inicialmente se gestó un vidrioso sonido por el meneo de las hojas y las ramas; luego, escasos metros antes de precipitarse en el relieve áspero de piedras y pasto, barruntos de una explosión se concretaban como la fuerza de la pólvora y el fuego; luego, lo inefable.
El árbol cayó muy cerca de un sembrío de maíz. Los muchachos, con piedras en las manos, se dirigieron al lugar. Sin dejar de bromear, porque el sonido de la risa es imponente, golpeaban el tronco del árbol con el fin de quitarle la corteza. Un muchacho le hablaba con quejas y burlas a otro. En ese misterioso diálogo, descubrí una metáfora: uno de los muchachos se quejaba porque el otro no golpeaba con eficiencia el tronco y le decía que “cómo el Kulluytakaq puede y es más fuerte”. Kulluytakaq es el nombre de un pajarillo que pica y penetra la corteza de los árboles, anidando en aquellos huecos. Era una la queja, pero miles las burlas de los demás.
El árbol desgajado se presenta de un color “beige” como la crema; brilla y está húmedo. Si uno pasa los dedos por aquel líquido, un olor a vaca, a estiércol se impregna por horas entre los dedos. Solo la paciencia y el olvido consiguen redimir la náusea.
A las dos horas regresé a casa; caminaba justo en contra de la puesta brillante del sol, y me hería, como el detergente, los ojos. Mientras bajaba de aquel bosque, las dimensiones de las cosas nimias se acrecentaban: el camino eran dos; los cerros más de una multitud, infinidad de piedras por doquier, las casas… la lluvia, el barro, el pasto húmedo, otra acequia parida. El tiempo en este lugar se asemeja a un juego infantil; a un juego de temperaturas, brillos y sombras, climas donde gentes y misterios conviven y, al parecer, la posibilidad de cambios es inverosímil.
Parecía que nunca iba anochecer. Y no obstante, sendas nubes negras provenientes del este avanzaban rápidas, poderosas. Algunas personas trazaban, por la calles, un ir o un retorno y un a dónde impredecible. Cómo se incrementa el frío y pesadas se hacen las gotas. Nuevamente, la mañana, perdón, la noche, ha llegado.

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