jueves 23 de julio de 2009

Tríptico: primera parte



"Cuando los habitantes de Bali preparan un cadáver para enterrarlo, se leen historias mutuamente, historias comunes de recopilaciones de sus cuentos más familiares. Leen sin parar, 24 horas al día, durante dos o tres días, y no porque necesiten distracción, sino debido al peligro de los demonios. Los demonios se apoderan de las almas durante el periodo vulnerable que sigue inmediatamente después de una muerte, pero las historias los mantienen alejados. Como las cajas chinas o los jardines laberínticos ingleses, estas historias contienen cuentos dentro de los cuentos, de tal manera que el individuo que empieza a leer uno entra al otro, pasando de una trama a otra cada vez que llega a una esquina, hasta que por último llega al centro del espacio narrativo, que corresponde al lugar que ocupa el cadáver en el patio interior de la casa. Los demonios no pueden penetrar en este espacio porque no pueden dar vuelta en las esquinas. Se golpean la cabeza inevitablemente con la maza narrativa que los lectores han levantado, y por ello la lectura ofrece una especie de fortificación que rodea al rito balinés. Crea una muralla de palabras, que funciona como la estática de las trasmisiones de radio. No divierte, ni instruye, ni cultiva ni ayuda a pasar el rato: protege a las almas mediante la trama narrativa y la cacofonía de los sonidos".
(Información de A. L. Becker a Robert Darnton, The Great Cat Massacre and Other Episodes in French Cultural History)
“¿Alguna vez has visto, o has escuchado, cómo un muerto se va del mundo?”
-Me preguntó el tocayo de mi padre, y yo le respondí que no.
“Acá, no sé si te ha contado tu papá, pero acá hay tradiciones, creencias, ¿qué será, no?, en donde a un muerto se le ve; se le ve al ratito que está yéndose de vagar por su tierra. Deja su huella en el polvo; como si fuera su pie, sus zapatos, su camino, pe. Hace así –el dedo índice de la mano derecha inicia un lento, sinuoso y breve viaje por la palma de la otra mano, puesta así como metáfora del lugar por donde el alma transita-. No me vas a creer, como culebrita casi. La gente le llama Pichqay, que es cinco en quechua. Y allí es donde hacen lavar su ropa, hacen comida y después viene lo que te contaba: llevan al cuarto del difunto ceniza, harina de trigo o polvo y con eso cubren el piso para esperar, al día siguiente, sus huellas, esas que ha caminado para despedida, las últimas pe. Entonces llegan al día siguiente los demás y ven eso, y ¡Pichqay, Pichqay! diciendo, diciendo van.”

De su boca me llegó la memoria, como una precipitada ristra de cosas.

¿Recuerdas…?

Durante el transcurso de mi vida he visto, de algún modo, la muerte de cuatro personas: cuando era pequeño, a un primo muy cercano lo mataron. Tenía un par de años menos que yo, quizá seis, al momento de ser atropellado. Fue el único hijo del breve y tortuoso matrimonio de mis tíos. Murió en una noche, quebrando la calma y la rutina de la cena. Recuerdo que era diciembre, porque mi padre se marchaba a negociar y vender diversos objetos a las solicitantes provincias de la sierra (se marchaba con su camión lleno de alcohol, galletas dulces, caramelos que mis hermanos y yo deseábamos); era diciembre, además, porque lejanos y agónicos se oían las explosiones de los cuetes y las bombardas.

Un jardín, al que mi padre regaba solo de madrugada o de noche, recorría gran parte de la casa. Era un espacio confuso, de obra y tejido incontenible, donde arbustos como flores, semillas, frutos hacían -en mi imaginación y juego infantil- las veces de una beldad inefable o un oscuro terreno sediento: allí pululaban los frutos de una guayaba, cinco altos y generosos árboles (dos de palta, dos de pacay y uno de capulí) por su abundancia llamaban al hurto; los colores de numerosas flores como algunas solitarias rosas frágiles completaban la figura de ese paraíso privado.

Esa noche mi padre regaba el jardín. Adentro, el televisor llenaba de voces y músicas de novela brasileña, la sala, el comedor y la cocina; mi madre seguía el hilo de la historia mientras servía y colocaba en la mesa los platos de la cena. Su detalle en el orden o la correspondencia de los objetos era tal, que parecían interminables sus esfuerzos. Mientras la mesa se iba cargando de alimentos, los llamados a comer de parte de ella se incrementaban. En un momento me percaté que la puerta de la casa estaba abierta; nunca supe, hasta ahora, por qué la estuvo. Todo el mundo (y llamo todo el mundo a mis otros tres hermanos y a mis tíos) aún seguía quieto, hasta que mi padre ingresó sin color en el rostro, mudo; luego, enfático balbucía una dirección cercana, fácil pero imposible de aprehender; al instante, salió con el rostro dolido y húmedo. Los gritos de mi madre y mis tíos los siguieron hasta lo que en la opaca noche de diciembre de un barrio marginal de Lima parecía ser una protuberancia, un violento despojo inverosímil.

Al niño, moribundo aún, lo llevaron a tropel desde mi casa en Los Olivos –quizá el peor lugar de la ciudad para buscar detener el tiempo y el rápido desfallecer- hasta el hospital Loayza del centro de Lima. En ese momento culminaron los gritos y los pasos, porque nos quedamos solos, en casa, de noche, ya sin hambre y sin sueño, yo y mis tres hermanos. Las cosas, los detalles y las palabras que se gestaron en esas largas horas silenciosas que estuve con ellos, ya las he perdido.

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